miércoles, 24 de junio de 2026

Los partidos que vienen: democracia o simulación


   

Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶 


Mañana, 25 de junio, el INE tendrá en sus manos una de esas decisiones que suelen pasar desapercibidas para la mayoría de los ciudadanos, pero que terminan influyendo en la arquitectura del poder durante años. Mientras la conversación pública sigue atrapada entre las disputas cotidianas y la polarización permanente, el árbitro electoral decidirá si abre la puerta a cuatro nuevas organizaciones políticas que aspiran a convertirse en partidos nacionales.


Paradójicamente, mientras el discurso oficial presume una democracia fortalecida por el respaldo popular, la realidad muestra un ecosistema político cada vez menos diverso. El PRI se convirtió en la sombra de sí mismo; el PAN lucha por reencontrar una identidad capaz de conectar con nuevas generaciones; y el PRD, protagonista de importantes capítulos de la democratización nacional, desapareció del mapa electoral. En medio de ese reacomodo, Morena se consolidó como la gran fuerza receptora de cuadros, liderazgos y estructuras provenientes de prácticamente todo el espectro político.


Por ello, la discusión sobre el registro de nuevos partidos trasciende los nombres de las organizaciones involucradas. Lo que está en juego es la capacidad del sistema para generar nuevas opciones de representación y evitar que la política mexicana termine reducida a una sola fuerza dominante acompañada por satélites electorales.


Cuatro organizaciones buscan obtener su registro nacional. Dos de ellas mantienen cercanía evidente con Morena: Construyendo Sociedades de Paz y Que Siga la Democracia. La primera representa una nueva apuesta de grupos vinculados al antiguo Partido Encuentro Social, mientras que la segunda surge de la estructura que impulsó la consulta de revocación de mandato promovida durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.


Las otras dos organizaciones ocupan espacios distintos dentro del espectro político. México Tiene Vida se presenta como una opción conservadora con raíces empresariales y una identidad abiertamente inspirada en movimientos que han ganado terreno en algunos países latinoamericanos. Mientras tanto, Somos México nace de la articulación de organizaciones ciudadanas vinculadas al Frente Cívico Nacional y a sectores que protagonizaron las movilizaciones conocidas como la “marea rosa”.


No deja de resultar interesante que tres de estas organizaciones lleguen a la antesala del registro acompañadas de procedimientos y quejas que el INE deberá resolver. En una democracia seria, las reglas no son un obstáculo burocrático sino la garantía de que la competencia política se desarrolla bajo condiciones equitativas. Por ello, las investigaciones relacionadas con afiliaciones o el uso de recursos deben analizarse con rigor y sin consideraciones partidistas. Ni indulgencia para los aliados del poder ni persecución para quienes buscan competir contra él.


Sin embargo, más allá de los expedientes, hay una pregunta de fondo que merece atención: ¿necesita México más partidos?


La respuesta intuitiva de muchos ciudadanos podría ser negativa. Después de todo, la percepción social hacia los partidos políticos se encuentra entre las más deterioradas de cualquier institución pública. Para millones de mexicanos, los partidos representan burocracia, financiamiento público excesivo y conflictos interminables.


Pero la historia demuestra que la ausencia de opciones suele ser mucho más peligrosa que la abundancia de ellas.


Las democracias saludables no dependen de la existencia de un partido dominante, sino de la posibilidad permanente de que nuevas fuerzas emerjan, compitan y desafíen al poder establecido. Cuando las alternativas desaparecen, los ciudadanos terminan votando por resignación y no por convicción. Y cuando eso ocurre, la democracia comienza a perder vitalidad, incluso aunque las elecciones sigan celebrándose puntualmente.


Durante la última década, México ha presenciado un fenómeno político peculiar: la concentración de liderazgos, estructuras y narrativas alrededor de Morena. El partido gobernante logró absorber sectores provenientes del PRI, del PAN y del PRD, mientras organizaciones como el PT y el Partido Verde encontraron una nueva oportunidad de supervivencia bajo la sombra del movimiento oficialista. El resultado ha sido una hegemonía política indiscutible, pero también una reducción progresiva de los contrapesos partidistas.


En ese contexto, la eventual aparición de nuevas fuerzas políticas puede representar una oportunidad para revitalizar el debate público. No porque todos los nuevos partidos vayan a enriquecer automáticamente la democracia, sino porque la competencia misma obliga a las organizaciones políticas a evolucionar, corregirse y escuchar a la ciudadanía.


Particularmente relevante resulta el caso de Somos México, que llega al momento decisivo sin procedimientos pendientes y con una estructura organizativa que, según los datos disponibles, cumplió con los requisitos legales establecidos. Si el INE confirma que las condiciones exigidas por la ley fueron satisfechas, negarle el registro sería tan cuestionable como otorgarlo a quien no las cumplió.


La legitimidad democrática no consiste en favorecer simpatías ideológicas, sino en aplicar las reglas con imparcialidad.


Mañana el INE no decidirá únicamente sobre cuatro organizaciones. También enviará un mensaje sobre la salud institucional del país. Si prevalece el criterio jurídico, se fortalecerá la confianza en las reglas del juego democrático. Si predominan los cálculos políticos, la desconfianza seguirá creciendo.


Porque al final, la democracia no se mide por el tamaño del partido gobernante ni por la popularidad de sus líderes. Se mide por la capacidad del sistema para permitir que nuevas voces entren a la conversación pública.


Y cuando una democracia deja de abrir espacios para nuevas voces, comienza lentamente a hablarse únicamente a sí misma. Ese suele ser el primer síntoma de un problema mucho más grande.


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