Un magnicidio no resuelto, una osamenta sembrada y una firma apócrifa: la historia del legislador tamaulipeco que se esfumó de la historia.
TAMAULIPAS — El 28 de septiembre de 1994, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu cimbró los cimientos del sistema político mexicano. Sin embargo, en medio del torbellino del caso, el nombre de un político tamaulipeco cobró un protagonismo tan veloz como enigmático: Manuel Muñoz Rocha, diputado federal del PRI por Tamaulipas y presidente de la Comisión de Asuntos Hidráulicos.
En cuestión de días, las investigaciones de la PGR señalaron a Muñoz Rocha como presunto organizador del crimen, revelando llamadas telefónicas y movimientos financieros que lo vinculaban directamente con Raúl Salinas de Gortari. Pero antes de que un juez pudiera tomarle declaración, Muñoz Rocha desapareció sin dejar rastro, convirtiéndose en el gran "cabo suelto" del poder en México.
La travesía para localizarlo rayó en lo surrealista. En 1996, el fiscal Pablo Chapa Bezanilla y la vidente Francisca Zetina “La Paca” excavaron en la finca El Encanto, alegando haber encontrado los restos del exdiputado. El montaje se derrumbó cuando se descubrió que la osamenta pertenecía al suegro de "La Paca" y había sido sembrada, derivando en uno de los escándalos judiciales más bochornosos en la historia de la procuración de justicia.
El tiempo terminó por absolver lo que la policía jamás pudo resolver. En 2009, un juzgado declaró la prescripción de la acción penal, aunque meses después su propio abogado denunció que la firma utilizada para tramitar la prescripción era falsa. A tres décadas del magnicidio, entre mitos de su vida en Estados Unidos o un trágico final en la sombra, la pregunta sigue en el aire: ¿Muñoz Rocha escapó, murió o alguien se encargó de que jamás contara lo que sabía?






