Por: 饾挗饾挾饾搱饾搲饾挾饾搩饾捁饾憸 饾挴饾捑饾搩饾搲饾挾
Hay frases diplom谩ticas que suenan impecables en el papel, pero que pierden brillo cuando se contrastan con la historia. La reciente declaraci贸n del embajador estadounidense Ronald Johnson, quien pidi贸 evitar la politizaci贸n de la lucha contra el crimen organizado y privilegiar la cooperaci贸n entre M茅xico y Estados Unidos, pertenece precisamente a esa categor铆a. Nadie podr铆a oponerse, en teor铆a, a la cooperaci贸n entre naciones vecinas. El problema surge cuando una de ellas lleva d茅cadas creyendo que cooperar significa se帽alar, presionar, condicionar y, en ocasiones, intervenir.
Resulta curioso que hoy se nos pida moderaci贸n en el lenguaje cuando, durante a帽os, diversos sectores pol铆ticos y de seguridad estadounidenses han convertido a M茅xico en tema recurrente de campa帽as electorales, discursos partidistas y estrategias geopol铆ticas. Ahora parece que cuestionar esa conducta es considerado una ofensa diplom谩tica. Como si la soberan铆a tuviera que ejercerse en voz baja para no incomodar a quienes hist贸ricamente han hablado demasiado fuerte.
La presidenta Claudia Sheinbaum fue clara al reiterar que M茅xico no aceptar谩 injerencias en sus asuntos internos. No se trata de una postura novedosa ni radical. Es, en realidad, un principio b谩sico del derecho internacional. Ning煤n pa铆s que se respete puede aceptar que decisiones pol铆ticas, investigaciones judiciales o procesos democr谩ticos sean condicionados desde el exterior sin generar una leg铆tima preocupaci贸n institucional.
La relaci贸n entre M茅xico y Estados Unidos es compleja porque est谩 construida sobre una profunda interdependencia econ贸mica, comercial y social. Sin embargo, esa realidad no elimina las asimetr铆as hist贸ricas. Durante d茅cadas, millones de mexicanos aportaron mano de obra que fortaleci贸 sectores enteros de la econom铆a estadounidense mientras las ganancias m谩s significativas permanec铆an concentradas en los grandes centros financieros y corporativos del norte. La integraci贸n econ贸mica benefici贸 a ambos pa铆ses, pero no siempre en condiciones de igualdad.
Por eso llama la atenci贸n que ciertos actores pol铆ticos estadounidenses insistan en presentar a M茅xico exclusivamente como origen de los problemas relacionados con el narcotr谩fico. Esa narrativa ignora una verdad inc贸moda: el fen贸meno criminal es binacional. Los c谩rteles existen porque hay demanda de drogas, flujo de dinero il铆cito y tr谩fico de armas. Ninguno de esos elementos puede explicarse 煤nicamente desde territorio mexicano.
De acuerdo con diversos informes oficiales estadounidenses, una parte significativa de las armas utilizadas por organizaciones criminales en M茅xico proviene del mercado norteamericano. Asimismo, las autoridades de ambos pa铆ses han reconocido durante a帽os que el consumo de drogas en Estados Unidos constituye uno de los principales motores financieros del crimen organizado transnacional. Son hechos ampliamente documentados que obligan a una visi贸n m谩s equilibrada del problema.
Sin embargo, cada vez que M茅xico exige corresponsabilidad, aparecen voces que interpretan el reclamo como un acto de confrontaci贸n. La paradoja es evidente: se pide cooperaci贸n, pero se incomoda la exigencia de responsabilidad compartida.
Tampoco ayuda el endurecimiento de ciertas pol铆ticas migratorias que, en distintos momentos, han colocado a miles de personas en situaciones de vulnerabilidad. Las im谩genes de redadas, deportaciones masivas y discursos que criminalizan a comunidades enteras han dejado una huella profunda en Am茅rica Latina. La seguridad fronteriza es un derecho soberano de cualquier naci贸n, pero convertir al migrante en enemigo pol铆tico suele ser una estrategia electoral m谩s rentable que efectiva.
Lo que parece estar ocurriendo en M茅xico es algo que trasciende coyunturas partidistas. Existe una creciente conciencia nacional sobre la necesidad de defender espacios de decisi贸n propios. No significa romper con Estados Unidos ni desconocer la importancia estrat茅gica de la relaci贸n bilateral. Significa algo mucho m谩s sencillo: establecer una relaci贸n entre socios y no entre tutores y tutelados.
Porque la cooperaci贸n aut茅ntica no se construye mediante advertencias p煤blicas, insinuaciones pol铆ticas o sospechas selectivas. Se construye desde el respeto mutuo. Y el respeto comienza por reconocer que M茅xico tiene instituciones, ciudadan铆a, procesos democr谩ticos y capacidad para definir su rumbo.
Quiz谩 por eso algunas declaraciones generan incomodidad. Porque M茅xico ya no es el pa铆s que aceptaba silenciosamente cualquier narrativa proveniente del exterior. Es una naci贸n que discute, cuestiona y responde. Una naci贸n que entiende que la amistad entre pa铆ses no implica subordinaci贸n.
Al final, la pregunta no es si debe politizarse o no la lucha contra el crimen organizado. La verdadera pregunta es si quienes hoy piden prudencia diplom谩tica est谩n dispuestos a aplicar ese mismo criterio cuando hablan de M茅xico desde Washington.
Porque la soberan铆a no es una concesi贸n extranjera. Es un derecho. Y los derechos, por definici贸n, no se solicitan con permiso.






