Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶
Andrés Manuel López Obrador había prometido silencio. Retiro. Distancia. Pero la historia —esa que no respeta jubilaciones— volvió a tocarle la puerta. Y AMLO respondió como sabe hacerlo: con un mensaje breve, cargado de ideología, dirigido más a la conciencia latinoamericana que a los salones alfombrados de Washington.
Su reaparición no fue casual ni tibia. Desde su cuenta en X, el expresidente rompió el mutismo autoimpuesto para condenar lo que calificó como un atentado prepotente contra la soberanía de Venezuela y el secuestro de su presidente. No habló como exmandatario; habló como militante de una causa que, para bien o para mal, nunca abandonó: la no intervención y la autodeterminación de los pueblos.
López Obrador sabe que el silencio, en momentos de crisis regional, también es una forma de tomar partido. Por eso invocó a Bolívar y a Lincoln, no como adornos retóricos, sino como símbolos de una advertencia mayor: cuando una potencia se asume árbitro del mundo, deja de ser república para parecerse a imperio. De ahí su frase más filosa: pedirle a Donald Trump que “mande al carajo a los halcones”. Lenguaje llano, sí, pero profundamente político.
El mensaje tiene varias capas. Hacia afuera, es una crítica frontal a la política exterior estadounidense y a su histórica tentación de decidir el destino de América Latina. Hacia adentro, es una señal clara de continuidad ideológica: la Doctrina Estrada no fue una consigna sexenal, sino una convicción de largo aliento. Juárez reaparece, como siempre, para recordar que el respeto al derecho ajeno no es una frase decorativa, sino una línea roja.
Pero quizá el gesto más revelador no fue la condena internacional, sino el respaldo explícito a Claudia Sheinbaum. “Apoyo incondicionalmente a mi presidenta”, escribió. No como líder en las sombras, sino como fundador que entiende que, en tiempos de tormenta global, la unidad interna es también política exterior. El mensaje es claro: el movimiento sigue teniendo una brújula común.
El cierre, sin embargo, fue lo que terminó de sacudir la escena. “Por ahora no le mando un abrazo”. En un país acostumbrado al AMLO del “amor y paz”, la frase suena casi disruptiva. No es un exabrupto: es una señal. Cuando ni el abrazo alcanza, es porque la preocupación es real.
López Obrador volvió a hablar porque, desde su mirada, el mapa latinoamericano volvió a encenderse. Y cuando eso ocurre, el silencio deja de ser prudencia para convertirse en complicidad. Hoy, el expresidente eligió gastar tinta. Y lo hizo sabiendo que, en política, cada palabra que se escribe también es una trinchera.

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