domingo, 4 de enero de 2026

Estados Unidos, Rusia y China y el tránsito hacia un mundo de esferas de influencia


Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶

Hay noticias que se celebran en silencio. El ataque de Donald Trump contra Venezuela es una de ellas. No en Moscú ni en Pekín por amor a Maduro, ni por una súbita preocupación por América Latina, sino por algo mucho más simple y devastador: cada misil que cae pulveriza un poco más la ya frágil autoridad moral de Estados Unidos para exigirle algo al resto del mundo.


Durante décadas, Washington vendió una idea: el orden internacional basado en reglas. Soberanía, derecho, fronteras intocables, uso excepcional de la fuerza. Un discurso repetido como mantra, incluso cuando la realidad lo desmentía a ratos. Pero con Venezuela, Trump no matizó el relato: lo dinamitó.


Hoy ya no hay normas universales, hay poder desnudo. Ya no hay legalidad compartida, hay zonas de influencia. El mundo dejó de ser bipolar como en la Guerra Fría y tampoco es aquel multilateralismo torpe de los noventa. Estamos entrando, sin eufemismos, a un orden multipolar donde cada potencia traza su perímetro y espera que los demás no crucen la línea.


Putin mira hacia Europa del Este. Xi Jinping no quita los ojos de Taiwán. Y Trump, sin pudor diplomático, señala su patio: Venezuela, Panamá, Canadá, Groenlandia, México, Colombia… y los que se acumulen en el mapa mental del poder. Por eso en Rusia y China no hay indignación, hay cálculo. Porque la pregunta ya está formulada y no tiene buena respuesta.


¿Con qué cara puede Estados Unidos frenar a China si mañana decide avanzar sobre Taiwán? ¿Con qué autoridad puede condenar a Rusia por Ucrania si normaliza la violación de soberanías cuando le conviene? Cuando el derecho internacional se aplica a conveniencia, deja de ser derecho y se vuelve pretexto. Y cuando los pretextos sustituyen a las reglas, el mundo ya no se ordena por la ley, sino por la fuerza.


Venezuela no es solo una crisis regional. Es el laboratorio de un nuevo desorden global donde los países débiles vuelven a ser la botana en la mesa de las grandes potencias, repartiendo el mapa entre risas contenidas. Un escenario cómodo para Estados Unidos, Rusia y China. Y profundamente peligroso para todos los demás.


Advertidos estamos. El problema es que, como siempre, la factura no la pagan quienes lanzan las bombas, sino quienes viven bajo su sombra.


 

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