jueves, 1 de enero de 2026

1 de enero de 1994: EL DÍA QUE MÉXICO DESPERTÓ INCÓMODO


 

Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶

Por momentos, la historia no pide permiso. Irrumpe. El 1 de enero de 1994 no fue una fecha más en el calendario: mientras el país brindaba por la modernidad prometida del Tratado de Libre Comercio, en las montañas de Chiapas alguien recordó —a balazos y palabras— que la globalización también deja huérfanos.


El levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional no duró mucho en términos militares: doce días bastaron para que el Estado mexicano recuperara el control territorial. Pero su impacto político, social y simbólico sigue resonando tres décadas después. No fue una guerra para tomar el poder; fue una rebelión para hacerse visible. “Aquí estamos”, dijeron los pasamontañas, justo cuando el discurso oficial celebraba la entrada de México al primer mundo.


La coincidencia no fue casual. El EZLN entendió que el TLC representaba algo más que comercio: significaba la consolidación de un modelo que hablaba inglés, firmaba en Washington y olvidaba en tzeltal, tzotzil y tojolabal. Frente al brillo de los mercados abiertos, los zapatistas colocaron el espejo de la desigualdad: pueblos sin tierra, sin salud, sin educación y sin voz.


La toma simultánea de cabeceras municipales —San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Las Margaritas, Altamirano, Huixtán, Oxchuc y Chanal— fue menos una estrategia militar que un acto de comunicación política. La Primera Declaración de la Selva Lacandona no buscaba convencer a generales; interpelaba a la nación entera. Su retórica, cargada de historia y agravios acumulados, colocó al régimen frente a una acusación incómoda: setenta años de estabilidad priista habían significado, para millones, setenta años de exclusión.


El “¡BASTA!” no era sólo un grito de guerra. Era una enmienda moral. Al invocar el artículo 39 constitucional, el EZLN hizo algo inusual para un grupo armado: se envolvió en la legalidad para cuestionar al poder. No rechazó la nación; la reclamó. No negó la bandera; la defendió como símbolo de una patria que, según su narrativa, había sido secuestrada por una élite.


Con el paso del tiempo, el zapatismo mutó. Dejó las armas, abrazó la palabra, construyó autonomías y se convirtió en una referencia obligada para entender la política contemporánea mexicana. Para algunos, fue romanticismo armado; para otros, una sacudida necesaria. Lo cierto es que obligó al país a hablar de indígenas, pobreza y democracia cuando el guion oficial prefería hablar de inversiones y tratados.


Hoy, cuando el 1 de enero de 1994 se recuerda con distancia y debate, conviene una pregunta incómoda: ¿qué tanto cambió México y qué tanto aprendió a convivir con sus contradicciones? El EZLN no tomó el poder, pero sí tomó la agenda. Y eso, en política, suele ser más duradero que cualquier victoria militar.


Porque aquel amanecer en Chiapas dejó claro algo que seguimos gastando tinta en explicar: el progreso que no incluye termina estallando. Tarde o temprano.


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